El confesionario de Helena: Mi experiencia con la ma****ción

Cuando empieza la pubertad, la gran mayoría de nosotros experimentamos un aumento en los niveles hormonales. Nos empieza a dar ganas de explorar nuestra sexualidad. Desafortunadamente, las presiones sociales no le han permitido nunca a las mujeres explorarse y explorar a otros libres de culpas. 

Cuándo tenía 15 años empecé a tener sueños mojados y comencé a sentir que me daban ganas. Aunque tuve relaciones por primera vez a los 16 años, no me empecé a tocar hasta que cumplí 20. No sé si te ha pasado pero, yo no lo hice antes de esta edad, porque escuchaba una voz en mi cabeza diciéndome que si me llegaba a hacerlo, inmediatamente sería exculida. Explorar mi vida sexual durante la época del colegio e incluso durante mis primeros años de universidad era sinónimo de un suicidio social. A ver, sí darse besos con dos personas en una noche era un delito (todavía lo sigue siendo), imagínate lo que hubiera sido aceptar que me tocaba. Como diría mi papá (QEPD), "NI DE FUNDAS te metes en eso." Ver cómo a niñas de mi curso les hacían la vida imposible por tocarse, me asustaba mucho. Muchas se iban del colegio porque no resistían la presión y las burlas. Sentado esto, preferí quedarme en mi zona de comfort mucho tiempo. Decidí nunca tocarme para no estar sujeta a burlas, comentarios o poner en cuestión mi valor como mujer y como persona.

(Igualmente, seguro, la gente hablaba de mi porque yo era sexualmente activa a una edad en la que la mayoría de compañeras no lo eran. Creo que fui considerada por muchos, durante mucho tiempo, como una persona fácil, simplemente por tomar mis propias decisiones frente a mi sexualidad). 

Tantas eran las ganas de tocarme que sentía, que de vez en cuando prendía el televisor a las 12 de la noche y ponía MGM. Me ponía a ver las películas que pasaban pero, a pesar de que estuviera más mojada que el rio Amazonas, NUNCA me tocaba porque tenía que ser una niña de bien (aunque ya a los ojos de otros no lo era). A medida que las ganas iban aumentando y veía películas, también lo hacía el sentido de culpa. Ya me consideraba demasiado sucia y muy paila por estar viendo porno en vez de Hannah Montana o RBD. Tanta fue la culpa que empecé a sentir, que decidí evitar cualquier tipo de estímulo que me pudiera causar excitación mientras estaba sola. Ya la culpa le ganaba a las ganas y, como consecuencia, dejé a un lado (bien lejos) la idea de masturbarme. 

Los últimos semestres que estudié en Los Andes, antes de irme a NYU, tomé un curso de sexualidad y empecé a cambiar de pensamiento. Empecé a entender que la masturbación era una forma de empoderarme como mujer, de descubrir lo que me gustaba con el fin de tomar mejores decisiones sobre mi vida sexual. En el 2016 llegó el día en que decidí intentar masturbarme por primera vez. No solo fue decepcionante en términos del placer que me generó, sino también me hizo sentir moralmente pésimo. A medida que seguía tomando el curso, empecé a aprender sobre las zonas erógenas de la mujer y sobre la existencia del clitoris. 

Ese día cambió mi vida y, desde entonces, he descubierto lo poderoso que es mi cuerpo; lo que es capaz de sentir y lo valioso que es. Hoy en día tocarme hace parte de mi rutina. Me ayuda a liberar el estrés, a reducir mi ansiedad (soy muy ansiosa) y a dormir mejor. Sobre todas esas cosas, cambió mi vida sexual. Redefinió lo que para mi significaba placer, porque me dio a conocer las partes de mi cuerpo son las que me causan más exitación. Sabiendo que me gusta, entro a un polvo sabiendo lo que quiero. Entro empoderada de mi placer y no sujeta al placer del otro. 

Les mando abrazos.

Gracias por leerme, 

Helena